En la época del surrealismo, era costumbre entre nosotros decidir definitivamente
acerca del bien y del mal, de lo justo y de lo injusto, de lo bello y de
lo feo. Existían libros que había que leer, otros que no había que leer, cosas
que se debían hacer, otras que se debían evitar. Inspirándome en estos antiguos
juegos, he reunido en este capítulo, dejándome llevar por el azar de la
pluma, que es un azar como otro cualquiera, cierto número de mis aversiones
y mis simpatías. Aconsejo a todo el mundo que haga lo mismo algún día.
He adorado los Recuerdos entomológicos de Fabre. Por la pasión de la observación,
por el amor sin límites al ser vivo, este libro me parece inigualable,
infinitamente superior a la Biblia. Durante mucho tiempo, dije que solamente
me llevaría ese libro a una isla desierta, Hoy, he cambiado de opinión: no me
llevaría ningún libro.
Me ha gustado Sade. Tenía más de veinticinco años cuando lo leí por primera
vez, en París. Me causó una impresión mayor aún que la lectura de Darwin.
Los 120 días de Sodoma se editó por primera vez en Berlín, en una tirada
de muy pocos ejemplares. Un día, vi uno de esos ejemplares en casa de Roland
Tual, donde me encontraba en compañía de Robert Desnos. Ejemplar
reliquia, en el que Marcel Proust y otros habían leído este texto imposible de
encontrar. Me lo prestó:
Hasta entonces, yo no conocía nada de Sade. Al leerlo, me sentí profundamente
asombrado. En la Universidad, en Madrid, no se me había ocultado
en principio nada de las grandes obras maestras de la literatura universal desde
Camoens hasta Dante y desde Homero hasta Cervantes. ¿Cómo, pues, podía
yo ignorar la existencia de este libro extraordinario, que examinaba la sociedad
desde todos los puntos de vista, magistral, sistemáticamente, y proponía
una tabla rasa cultural? Para mí, fue una impresión considerable. La Universidad
me había mentido. Otras «obras maestras» me parecían al instante despojadas
de todo valor, de toda importancia. Intenté releer la Divina Comedia,
que me pareció el libro menos poético del mundo, menos poético aún que la
Biblia. ¿Y qué decir de Os Lusiadas? ¿De la Jerusalén libertada?
Me decía: ¡habrían tenido que hacerme leer a Sade antes que todas las demás
cosas! ¡Cuántas lecturas inútiles!











